29 agosto, 2025
Cuando hablamos de abuso sexual infantil, es común recurrir al diagnóstico de trastorno de estrés postraumático. Si bien esta experiencia cumple todos los criterios para considerarse traumática, este enfoque general puede limitar nuestra comprensión del fenómeno.
El modelo traumatogénico surge como una respuesta más precisa y específica.
Desarrollado por Finkelhor en 1986, este modelo reconoce que el abuso sexual es fundamentalmente diferente a otras formas de maltrato y trauma. Esta diferenciación no es meramente académica. Tiene implicaciones profundas para familias que buscan entender lo que atraviesa su hijo o hija, para terapeutas que diseñan intervenciones, y para jueces que evalúan casos en el sistema judicial.
La sexualización traumática explica cómo las agresiones alteran el desarrollo natural de la sexualidad. En lugar de asociarse con afecto y cuidado, la sexualidad queda vinculada al dolor y al trauma.
Esta dinámica puede manifestarse de múltiples formas:
Para las familias, es crucial entender que estos comportamientos no son «normales» ni «una fase». Son respuestas comprensibles a una experiencia que distorsionó el desarrollo natural.
La dinámica de la traición ocurre cuando la víctima reconoce que su agresor es precisamente quien debía cuidarla. Esta contradicción es profundamente desorganizadora para el desarrollo del yo.
Este daño se amplifica cuando el entorno familiar no responde apropiadamente ante la divulgación del abuso:
Esta segunda traición refuerza el trauma inicial. El menor aprende que no puede confiar ni siquiera en quienes más ama, generando patrones relacionales disfuncionales que pueden persistir durante décadas.
Cuando las decisiones del menor son constantemente invalidadas en el contexto abusivo, emerge una experiencia devastadora de incapacidad personal. El sentimiento de indefensión perdura después del evento abusivo.
La indefensión se manifiesta como:
Paradójicamente, algunos menores desarrollan una respuesta opuesta: la necesidad de control exagerado sobre aspectos de su vida o la de otros. Las dos reacciones constituyen mecanismos para elaborar la vivencia de vulnerabilidad extrema
La estigmatización se refiere a las connotaciones negativas que la víctima desarrolla sobre sí misma, reforzadas por mensajes implícitos o explícitos del entorno. Esta dinámica resulta especialmente dañina al iniciarse durante los primeros años de vida.
Los mensajes estigmatizantes incluyen:
Todos estos factores afectan profunda y gradualmente la concepción que el niño o niña tiene de sí mismo, su capacidad de actuar de forma independiente y la capacidad de establecer objetivos fundamentales para progresar en la vida.
Contrario a lo que habitualmente se presume, las secuelas a largo plazo ocurren con una incidencia menor respecto a las manifestaciones tempranas. Mientras el 70% de las víctimas presenta manifestaciones a corto plazo, aproximadamente el 30% desarrolla repercusiones significativas a largo plazo.
Sin embargo, cuando estas consecuencias aparecen, su impacto es profundo y duradero.
El modelo traumatogénico ayuda a explicar por qué el abuso sexual infantil constituye un factor de riesgo para diversos trastornos:
Independientemente de las categorías diagnósticas establecidas, los efectos prolongados se estructuran en cinco dimensiones:
El respaldo apropiado del núcleo familiar representa el elemento más crucial en el proceso de sanación. Esto implica:
Mediante estas acciones se puede frenar la progresión del deterioro psicológico y minimizar las repercusiones posteriores en la formación identitaria y el proyecto vital del niño o adolescente.
El modelo traumatogénico nos recuerda que la prevención sigue siendo nuestra herramienta más poderosa. Tras la ocurrencia del episodio de abuso, inevitablemente las estrategias de intervención se aplican de manera reactiva, lo cual constituye una limitación significativa.
La prevención efectiva incluye:
El modelo traumatogénico ofrece un marco específico para el diseño de intervenciones. Cada una de las cuatro dinámicas requiere abordajes particulares:
Comprender estas dinámicas es crucial para jueces y operadores de justicia. El modelo traumatogénico explica por qué las víctimas pueden presentar testimonios aparentemente contradictorios, por qué pueden proteger a sus agresores, o por qué pueden demorar en revelar los hechos.
Las familias necesitan comprender que las reacciones de sus hijos e hijas son respuestas normales a experiencias anormales. El modelo traumatogénico ofrece un marco para entender sin juzgar, para acompañar sin revictimizar.
El modelo traumatogénico nos invita a abandonar enfoques genéricos y adoptar una comprensión específica del abuso sexual infantil. Esta especificidad no es un lujo académico; es una necesidad práctica para todos quienes trabajan con víctimas de abuso.
Cada menor que ha atravesado esta experiencia merece ser comprendido en su particularidad, acompañado en su proceso único de recuperación, y apoyado en la reconstrucción de su proyecto vital.
La recuperación es posible. El modelo traumatogénico nos muestra el camino: reconocer la especificidad del daño para diseñar respuestas específicas de reparación.
Para más información sobre prevención y apoyo contra el abuso sexual infantil, te invitamos a visitar: https://redcontraelabusosexual.org
Referencias:
Moreno Piraquive A., Wills Moreno L. (2021). Un modelo traumatogénico específico para el Abuso Sexual Infantil. Los Niños del Viento. Fundación Red (pp. 282-289).
Finkelhor, D., & Browne, A. (1985). The traumatic impact of child sexual abuse: A conceptualization. American Journal of Orthopsychiatry, 55(4), 530-541.
Finkelhor, D. (1987). The trauma of child sexual abuse: Two approaches. Journal of Interpersonal Violence, 2(4), 348-366.
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