¿Cómo reaccionarías tú si descubrieras que alguien a quien ves frecuentemente ha cometido abuso sexual contra un ser querido para ti?
Muchas son las reacciones de una madre al descubrir que el abuso sexual ocurrió en su propio hogar. Algunas entran en fase de negación o minimización de lo sucedido; otras llegan a excusar al agresor por miedo o apego emocional y económico, sacrificando el dolor y la decepción de sus hijos al sentirse desprotegidos. Se convence a sí misma de que el pequeño pronto lo olvidará, priorizando el impacto en el agresor si lo llega a denunciar sobre el sufrimiento de la víctima. Todo este torbellino emocional ocurre un día después de… enterarse de lo sucedido, del choque inicial, de preguntarse si en realidad esto podría haber sucedido y de no saber exactamente qué hacer; lo que desencadena una maratón de dilemas morales, legales y afectivos. Al final, no hay margen para la neutralidad: la madre se enfrenta a la encrucijada más dolorosa de su vida, donde proteger al agresor o defender a su hijo es la decisión determinante que definirá el destino de su familia.
Vivimos en una sociedad llena de información que nos atropella muchas veces con el deber ser, pero no nos indica el cómo hacer; los cuestionamientos que recibimos en los medios de comunicación nos llenan de culpabilidades que nos dejan con el alma vacía por no poder hacer nada para cambiar las cosas y, aunque las vemos lejanas, nunca nos imaginamos que tal vez esté ocurriendo en casa.
El detectar una situación de estas requiere de educación al respecto, de la cual carecemos por completo, pues tenemos ideas generales, pero si nos llegaran a preguntar cuáles son las señales de alerta o cuáles son los síntomas que pueden presentar nuestros hijos para reconocer una situación peligrosa, seguramente pocos pasarían el examen.
Revisando estadísticas, definitivamente no hay ninguna que hable en qué grado están o no los padres de familia preparados sobre el conocimiento que deben tener para afrontar asuntos relacionados con estos temas de abuso sexual infantil; lo que sí encontramos son muchas cifras de víctimas y de victimarios, y lo que más abunda son los casos que llegan ante las cortes que han quedado en total impunidad, casos muy usuales en Colombia donde la justicia nunca llega para las víctimas de este flagelo.
La magnitud del problema no solo se mide por los casos que ocurren, sino también por las barreras que impiden hablar con ellos. En Colombia, un estudio nacional presentado por UNICEF, ECPAT Internacional y la Interpol en el 2006, encontró que el 34 % de los adolescentes encuestados que sufrieron abuso o explotación sexual facilitados por la tecnología nunca lo dijeron a nadie.
¿Te has preguntado alguna vez cuántas de estas situaciones podrían permanecer ocultas cuando ni siquiera los adultos cuentan con las herramientas necesarias para reconocer las señales de alerta, escuchar sin juzgar y actuar oportunamente? La prevención exige mucho más que buenas intenciones: requiere conocimiento, conversaciones abiertas y adultos preparados para protegerlos.
La transformación o el cambio social comienza cuando dejamos de mirar a lo lejos y, por el contrario, asumimos que hace parte de nuestra rutina diaria, lo cual genera en nuestra conciencia una obligación de aprender e informarnos detalladamente; en este caso, de los delitos de abuso sexual infantil, desde sus riesgos más pequeños hasta la forma de evitarlos, armándonos de cuidados mil sobre nuestros hijos. Definitivamente, es un asunto importante la prevención, pues no podemos desconocer que, una vez está consumado el insuceso, la toma de decisiones abarca desde lo policivo y lo familiar (incluyendo la situación matrimonial en caso de ser nuestra pareja el autor de la masacre moral) hasta la atención médica, psicológica, económica y cambios de vida que incluyen también alejarse de la vivienda y entornos sociales donde usualmente compartían tanto la víctima como el victimario.
La prevención no es opcional: exige educarnos, romper el silencio y construir entornos seguros en los que nuestros hijos sepan que siempre serán escuchados y protegidos. Cuando el hecho doloroso ya ha ocurrido, el camino hacia la justicia y la reconstrucción familiar requiere una postura firme, sin tibiezas ni complicidades. Es momento de actuar con determinación, priorizar el bienestar de los menores y brindarles el acompañamiento integral necesario para sanar y reconstruir sus vidas.
Solo con valentía se puede lograr.
ALEXANDRA MORENO PIRAQUIVE
